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miércoles, 23 de julio de 2008

Las Confesiones de San Pablo (1)


Las Confesiones de San Pablo, por el Cardenal Carlo Maria Martini.

En Rincón Mariano queremos celebrar el Año Paulino, inaugurado el pasado 29 de junio de 2008, con unas preciosas meditaciones sobre San Pablo a cargo del Cardenal Carlo Maria Martini que iremos publicando semanalmente en nuestro blog durante todo este Año Paulino.

Estas meditaciones están recogidas en el libro “Las confesiones de San Pablo”, editadas por la Editorial San Pablo en su colección Espiritualidad Nueva. Recomendamos vivamente la compra y lectura de este libro, que apenas cuesta 8 €, pues lo que ofrecemos en este blog son extractos del mismo.

Oración introductoria.

Te damos gracias, Padre, por habernos reunido en el nombre de tu Hijo. Fue él quien nos trajo aquí, y nosotros obedecimos la voz de tu Espíritu, más profundamente que todas las otras razones humanas. Nos encontramos ante ti para decir tu Palabra y para escucharla. Despierta en nuestro corazón el don que nos has dado con la imposición de las manos, despierta en nosotros el don del Bautismo y de la Confirmación, despierta la plenitud de los dones que nos trajeron hasta este momento para que, agradeciéndote en la alegría, podamos conocer ahora tu voluntad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, Amén.

El tema de los ejercicios.

El tema de este curso de Ejercicios parte de la experiencia de San Pablo.

El lugar tradicional de su martirio está en las Tres Fuentes, en Roma. Se llega allí por una calle de árboles que invita al silencio. Mas adelante, se encuentra la iglesia de las Tres Fuentes que se llama así en recuerdo de la cabeza de Pablo que saltó tres veces en el suelo antes de detenerse en el momento dramático de la muerte.

Cuando me encontraba en Roma, fui varias veces, sobre todo en los momentos de oscuridad o de confusión espiritual. Y me esforzaba imaginando cómo Pablo recorrió aquel ultimo trecho de su vida: despojado del manto y agarrado por los soldados. ¿Cómo habrá visto su existencia, su conversión, las dificultades, las peleas con Bernabé y con Pedro, las depresiones, los momentos de soledad, los catorce años en el desierto, el sentirse rechazado por la comunidad? ¿Qué habrá pensado de las alegrías que tuvo, de las grandes cartas, de la intensa actividad apostólica?

¿Qué elementos le habrán parecido válidos e importantes ante la muerte, cuando el hombre es totalmente verdadero, sin más posibilidad de retórica o de escondimiento?

Trataremos, pues, con fraternidad y amistad de hacerle confesar a Pablo su vida, más o menos como las confesiones de Agustín o de Jeremías.

Naturalmente, habrá que unir la experiencia de Pablo con la experiencia de la Iglesia y con la de cada uno de nosotros, de tal manera que se pueda contestar a la pregunta fundamental: ¿cuál es el designio de Dios sobre mí? ¿De que modo puedo descubrir en mi vida, así como la veo ahora y con la ayuda de las confesiones de Pablo, un designio de misericordia?

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