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sábado, 20 de marzo de 2010

María meditaba en su corazón (2)




Así oraba María

Me he preguntado con frecuencia si no seria así como rezaba María. Sin duda existe una diferencia fundamental entre su oración durante la vida terrena de Jesús y su oración después de pascua. Cuando evocamos la vida de María no prestamos suficiente atención al hecho estremecedor de la resurrección. Bossuet decía que después de pascua la vida de María fue un milagro permanente, pues llevaba un peso de gloria insoportable para nuestra pobre humanidad; y afirmaba que la asunción no fue un milagro, sino el final de un milagro.

Como en la vida de Cristo, los acontecimientos de su existencia adquirieron todo su peso y densidad después de la resurrección, en el momento en que fueron objeto, primero de la predicación, y luego cuando los evangelistas los consignaron por escrito. Lo mismo hay que decir de todos los acontecimientos de la vida de María, lo que se denomina los evangelios de la infancia: anunciación, visitación, nacimiento de Jesús, y los demás sucesos de su vida oculta, sin olvidar su presentación en el templo. Esto no quita nada al carácter real e histórico de aquellos acontecimientos; pero se convirtieron verdaderamente en objeto de oración cuando María, una vez recibido el Espíritu de pascua, penetró en la inteligencia espiritual de aquellos episodios de la vida de Jesús. Hubo de repasarlos en la memoria de su corazón y trasformarlos en oración, según las palabras mismas del evangelista san Lucas, que dice: María conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2,19.51). Se siente uno tentado a decir que la oración de María después de pascua fue una meditación larga, intensa y profunda de los acontecimientos de la vida de su hijo en todas sus etapas, lo que constituye el objeto mismo de la oración del rosario. A veces pienso con humor que el fondo de la oración de María lo constituía el rosario; en la primera parte del avemaría recordaba las palabras exactas pronunciadas por el ángel Gabriel, por Isabel, los pastores, los magos, Simeón y Ana, mientras que en la segunda intercedía por la Iglesia naciente, a fin de que Jesús encontrara fe cuando volviera a la tierra.

En Lourdes, Bernardita veía a María rezar el rosario y recitar la primera parte del Dios te salve, María.

Antes de pascua, la oración de María debía asemejarse a la de Jesús niño y a la de todo judío que frecuentaba asiduamente la sinagoga y subía cada año al templo de Jerusalén. Hay que observar, sin embargo, que María, habiendo conservado su naturaleza original, oraba naturalmente, sin percatarse de ello siquiera, como nuestros primeros padres fueron colocados en el jardín del Edén para cultivarlo, es decir para hacer de toda su vida un culto espiritual (tal es el sentido de la palabra cultivar). Tenían la posibilidad de rezar siempre y de conseguir naturalmente lo que nosotros hemos perdido por la caída original. Igualmente, María oraba como respiraba, y su vida entera era un culto dado a Dios. En una palabra, oraba sin cesar. Sin duda no debía tener conciencia de ello, como cuenta Casiano a propósito de aquel que llegó a la oración incesante: "Reza siempre, pero no tiene conciencia de que reza".

Con el hecho de pascua se produjo un giro. Al menos es lo que Lucas nos da a entender con los dos versículos que hablan claramente de la oración de María. Si Lucas nos presenta dos recensiones de ello en términos casi idénticos, es precisamente porque aquellas palabras nos dan la clave de la meditación de la Virgen. A mi me han parecido siempre los dos versículos más importantes del evangelio a propósito de la oración de la Virgen.

• El primero: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2,19).
• El segundo: Su madre guardaba fielmente todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51).
Quizá convenga describir el cuadro en el que María vivió después del acontecimiento de pascua. La encontramos desde la ascensión en medio de la comunidad de los once, rodeados de los discípulos. Se encuentra, pues, en el corazón de la Iglesia y asegura la cohesión de sus miembros. Siendo la madre del Señor elevado a la gloria, y a causa de esta proximidad, ocupaba un puesto privilegiado en la comunidad primitiva. Por lo demás, el mismo Jesús desde la cruz la había confiado a su amigo más íntimo, que la había recibido en su casa. También san Juan debía ser considerado muy cercano al Señor, pues había reclinado la cabeza en su corazón en la cena y había recibido sus últimas confidencias.

En aquel ambiente de fervor primitivo nacieron los relatos referentes a la anunciación, al nacimiento y al crecimiento del Salvador. Lucas lo da a entender cuando dice que María guardaba todas estas cosas en su corazón hasta el día, se entiende, en que se realizarían. Los exegetas nos dicen que esos dos versículos presentan una ejecución apocalíptica, o sea que evocan acontecimientos que han tenido ya lugar ciertamente, pero cuyo significado último no se comprenderá sino después de la glorificación del Señor. En el momento en que esos acontecimientos fueron anunciados o se realizaron, María no tenía intención de referirlos, y menos aún de consignarlos por escrito, pues era una mujer sencilla, pobre, sin gran cultura, que, si bien sabia leer, no estaba capacitada para redactarlos por escrito. Por lo demás, eso no hubiera tenido ningún significado, ya que el Señor no había sido aún glorificado. Si se me permite una comparación que guarda alguna proporción con el acontecimiento de Cristo, a nadie se le hubiera ocurrido escribir la vida de Napoleón cuando todavía era niño. Era preciso esperar a su entrada en la historia para interesarse por sus orígenes, su crecimiento y su educación.

En cierto modo es lo que ocurrió con Jesús. Una vez que fue resucitado por el poder del Espíritu y entronizado en la gloria del Padre en la ascensión se comenzó a volver sobre los acontecimientos del pasado y a ver en esos comienzos la fuente de su origen divino. María pudo, pues, referir el hecho de la anunciación, que debió considerarse dentro del orden normal de las cosas visto lo sucedido con Jesús después de su muerte. Cuando se cree en el poder que resucitó a Jesús de entre los muertos, no hay dificultad en creer en el origen divino de Jesús, y sobre todo en que la fuerza del Espíritu se posó sobre la virgen María, formando en ella el cuerpo de Cristo. Si se cree en la resurrección de Cristo porque es hijo de Dios, hay que creer también que aquel hombre-Dios pudo nacer de una virgen. Así es como nacieron los relatos de la infancia de Jesús.

Juan y Lucas debieron interrogar a la Virgen sobre aquel niño misterioso convertido en Señor de la gloria; y ahí tiene su plena realización la doble indicación de Lucas sobre la meditación de María en su corazón. Después de pascua, y sobre todo en Pentecostés, María debió guardar todos aquellos recuerdos en el silencio de su corazón. Pasó días y días rumiándolos en todos los sentidos bajo la acción del Espíritu Santo, constituyendo entonces el objeto de su oración, centrada toda ella en el Salvador. El Señor glorioso se había convertido en el centro de su vida.

Las palabras del ángel Gabriel: Nada es imposible para Dios, adquirieron entonces su plena revelación. En el momento de recibirlas, durante la anunciación, ella realizó aquel acto de fe inaudito: Dios es capaz de hacer nacer a Jesús de su carne virgen, como lo había sido de hacer nacer a Juan Bautista de una mujer estéril. Hoy veía ella su plena realización en la resurrección de Jesús. El Espíritu es la omnipotencia de Dios, para el que nada hay imposible.

Entonces la súplica de María se multiplicó. Ya en el tiempo de la anunciación suplicaba ella, pues todo es posible a Dios; pero, después de pascua, el mismo Espíritu Santo se adueñó de su súplica y le confirió una intensidad y una fuerza capaces de derribar montañas. En estricto rigor, fue la súplica del Espíritu Santo en ella. Por eso nuestra oración a María debe tener siempre como mira última la súplica, puesto que la Virgen es la omnipotencia suplicante.

Así pues, María recogió en su oración todos los acontecimientos de la vida de Jesús tal como los encontramos cuando rezamos el rosario. No hay duda de que también reconsideró otros acontecimientos; pero lo esencial es que Jesús creció en su corazón por la fe, lo mismo que Lucas afirma que él crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres. A Teresa del Niño Jesús le complacía particularmente contemplar el misterio de la anunciación, porque en aquel momento Jesús había sido lo más pequeño en el seno de María.

Así nuestro rezo del rosario se funde en la contemplación de María, y dejamos que Jesús nazca, viva y crezca en nuestros corazones por la fe, lo mismo que comulgamos con sus sufrimientos cuando rezamos el misterio de su pasión. De la misma manera, bajo la acción del Espíritu es como rezamos los misterios gloriosos, en los que Jesús nos hace experimentar el poder de su resurrección. Por tanto, los que rezan todos los días el rosario siguen la escuela suplicante de María y dejan que la vida divina los engendre por Cristo, que nace, sufre y resucita en ellos. Con ello, toda su vida está poseída por la vida de Jesús y por su oración, de la que hemos hablado en el capitulo precedente.

Fragmento extraído de: "Día y Noche" de Jean Lafrance
http://usuarios.multimania.es/contemplatio/con-lafrance.htm

2 comentarios:

Javier Vicens y Hualde dijo...

Pues sí, el fondo de la oración de Santa María era el mismo fondo de la oración que hace la Iglesia: el rosario, los misterios de gozo, de luz de dolor y de gloria que Ella conservaba en su corazón para nosotros.
Un fuerte abrazo. Que Dios le pague estos raros mensajes que nos deja aquí.

RADIOMARIANO dijo...

Perdone que no le haya contestado antes, pero es que no sabía que tenía pendiente de publicación su comentario y como tengo en blog un poco en barbecho, no puedo permitir que se me llene de comentarios inapropiados...

Buena Pascua.