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sábado, 13 de marzo de 2010

María meditaba en su corazón (1)


Todo creyente que se siente llamado a vivir de la oración incesante y a ser de esos elegidos que gritan a Dios día y noche mira hacia la Virgen, sobre todo cuando descubre la inaccesibilidad de la oración de Jesús. Pero al mismo tiempo experimenta que la Virgen es un misterio de predilección y que no se acerca uno a ella sin ser atraído por Jesús y sin haber recibido la gracia del Espíritu Santo. No a todo el mundo se le concede profesar un amor total a María y hacer pasar por ella toda su vida de oración, pues es una gracia inspirada por el Espíritu. Griñón de Monfort decía que el corazón de María era el oratorio en el que deberíamos hacer todas nuestras oraciones. Tampoco está en nuestras manos experimentar la presencia continua de María a nuestro lado, e incluso en nosotros mismos. Es pura gracia del Espíritu. San Mutien-Marie de Malonne decía que había pedido a María que le acompañara en todo lo que hacia y que desde entonces la sentía presente a su lado. Esto lo vemos en ciertos santos que han sido grandes amigos de la Virgen.

Pero hay que cuidarse mucho de no materializar demasiado esta presencia o de imaginarla en un plano sensible. Cuanto más se hace sensible la Virgen a alguien, menos deja sentir su presencia. Es esa una de las leyes fundamentales de la vida Mariana, aunque utilicemos expresiones como sentir, experimentar o percibir su presencia. Esta ley podría enunciarse así: cuanto más entra María en la vida de un creyente y ocupa un puesto importante en su oración y en su actividad, más es un "cero" para la experiencia sensible. Ciertos días, quienes tienen esa experiencia se preguntan incluso si todavía "aman" a la Virgen, sobre todo si han sentido intensamente su presencia al principio de su conversión espiritual, lo que ocurre a muchos de ellos.

La razón de esta ausencia sensible estriba en la naturaleza misma de María y de su acción. Ante todo ella se eclipsa para dejar todo el puesto a su Hijo. Por eso los que han decidido consagrarse por entero a María en su oración, su ser y su actividad no tienen que temer en absoluto que vayan a quitarle algo a Dios, pues lo propio de María es eclipsarse para dejar que Dios sea Dios en nosotros. «Cuando tú llamas "María", ella responde "Dios"», dice Griñón de Monfort. Ella es una presencia diáfana y traslúcida.

Con todo, surge una cuestión. Puesto que esa presencia intensa es imperceptible para los sentidos, es preciso tener de una manera o de otra una cierta conciencia de ella; de lo contrario se reduce a una visión del espíritu o a palabras. Creo que, en realidad, la percepción tiene lugar en un nivel distinto de la adhesión sensible; es también más activo, pues afecta a nuestra actividad de oración. Cuando María se instala en la mansión de un creyente, este le reza cada vez más, o incluso experimenta que María reza siempre por él. Ocurre como con la presencia del Espíritu en nosotros; se le percibe sobre todo en su oración y sus gemidos inefables. Es lo que pasa también con María, que tiene una gran afinidad con el Espíritu Santo, como dice Griñón de Monfort: "Cuando el Espíritu Santo encuentra a María en un alma, acude a ella y allí vuela". Experimentamos nuestro amor y nuestra adhesión a María en el hecho de que la rezamos cada vez más.

Pero esta oración no tiene nada que ver con efusiones sensibles; apenas osa uno decirle a María que la ama, pues lo siente tan poco; pero, como los niños pequeños hacen una señal a su mamá para llamarla en su socorro, así se le lanzan llamadas frecuentes y reiteradas en la recitación del rosario. Volveremos con mucha frecuencia sobre esta oración a María en el curso de nuestra meditación; pero ya desde ahora afirmamos que es el atajo para unirnos a María y llamarla en ayuda nuestra, como ella hubo de rezar en el cenáculo cuando pedía a Jesús que enviara al Espíritu Santo. Vista desde fuera, esta oración puede parecer sin sentido y puramente mecánica, y así lo es a menudo para el que la practica, incluso con la mejor voluntad; pero es al mismo tiempo la oración de los pobres y de los pequeños; y es sabido que es grata a la Virgen, pues utiliza las palabras mismas de Dios para saludarla y proclamar su santidad. Muchas veces no se piensa en lo que se dice, porque la gran volubilidad de nuestra mente nos distrae, sin embargo, uno se siente contento de haber pasado media hora con la Virgen, lo mismo que se proporciona alegría a un enfermo visitándole. Hay más. Al acabar un rosario, sobre todo si se reza completo, no se es ya el mismo; algo ha cambiado en nosotros. Somos más pobres, más pequeños, más anonadados; y, por tanto, estamos más cerca de la capitulación definitiva ante el amor de Dios, que se instala en nuestro corazón.


Fragmento extraído de: "Día y Noche" de Jean Lafrance
http://usuarios.multimania.es/contemplatio/con-lafrance.htm

2 comentarios:

Guerrera de la LUZ dijo...

Un fragmento maravilloso.

Muchas gracias por seguir aquí querido Radiomariano.

Unidos los sábados en el Santo Rosario por los blogueros. Te tengo presente hermano.

RADIOMARIANO dijo...

Gracias a tí por seguir visitandome.

Te acuerdas que empezamos en esto de la bloggosfera casí al mismo tiempo, hace ya dos años... Y ahora que se nos ha pasado la fiebre por publicar todos los días es tiempo de llenar las lamparas de aceite e ir a lo esencial.

Un abrazo en Cristo y en María.