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domingo, 10 de agosto de 2008

El secreto de María (10)


EL SECRETO DE MARÍA (X)

¿Te puedes creer hermano lector que yo descubrí a María hace bien poco, de treinta y muchos años pasados, con motivo de una peregrinación al Santuario de la Santa Casa de Loreto?. Y eso que era de Iglesia, conque los que hace años que no la pisan, la de tesoros que se están perdiendo.

Y es que a mí nadie me había enseñado a amar a María. Mi madre era viuda y trabajaba muchas horas fuera y dentro de casa. Me educó, por tanto, mi abuela, que Dios tenga en su Gloria, pero que era muy descreída. Y la Iglesia estaba recién salida del Concilio y coqueteaba con todos (marxismo, existencialismo, ecumenismo, indigenismo), menos con el Espíritu Santo. Resultado, que nadie me enseñó el amor a María, y la Iglesia, que debía ser madre y maestra, tampoco. Se hablaba mucho del Jesús histórico, que si Jesús por allí, que si Superstar por allá, pero nadie nos dijo como en María se asume, como se gesta y se pare a Jesús para sí. Eran los tiempos de los primeros niños probeta y se quiso engendrar a Jesús en una probeta conceptual teológica prescindiendo de su Madre natural, María, y por eso hemos dado tantas caídas hasta encontrar de nuevo a María y, por lo mismo, las cruces de la vida nos han pesado tanto, como declara a continuación San Luis María Grignion de Montfort:

22) Y no es que esté exento de sufrimientos y cruces el que ha encontrado a María mediante la verdadera devoción: lejos de eso, más que a ningún otro le asaltan, porque María, que es la madre de los vivientes, da a sus hijos los trozos del Árbol de la Vida, que es la Cruz de Jesucristo; mas al repartirles buenas cruces, les da gracias para llevarlas con paciencia y aun con alegría (de suerte que las cruces que da Ella a los suyos son cruces de dulce, almibaradas más bien que amargas); o si por algún tiempo gustas la amargura del cáliz, que necesariamente han de beber los amigos de Dios, la consolación y gozo que esta buena Madre hace suceder a la tristeza, les alienta infinito para llevar otras cruces, aun más amargas y pesadas.

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