LOAS A MARÍA DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESUSLlegamos a París por la mañana, y comenzamos enseguida a visitar la
ciudad. Nuestro pobre papaíto se desvivió por complacernos, así que en poco tiempo teníamos vistas todas las maravillas de la capital.
Yo sólo encontré una que verdaderamente me encantara, y esa maravilla fue: «Nuestra Señora de las Victorias». ¡Imposible decir lo que sentí a sus pies...! Las gracias que me concedió me emocionaron tan profundamente, que sólo mis lágrimas traducían mi felicidad, como en el día de mi primera comunión... La Santísima Virgen me hizo sentir que había sido realmente ella quien me había sonreído y curado. Comprendí que velaba por mí y que yo era su hija; y que, entonces, yo no podía darle ya [57rº] otro nombre que el de «mamá», que me parecía mucho más tierno que el de Madre...



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