
María duerme tranquila. José, con un candil en la mano, mira a la Madre y al Niño. Viendo la paz y el reposo con que duerme María, José aguarda un poco más antes de despertarla para darle la mala noticia.
Todavía tiene él que preparar muchas cosas; hay tiempo, aunque no mucho. Va de puntillas de acá para allá, llenando su saco de viaje de las cosas más necesarias. A José le tiembla la mano con que sostiene el candil. Le tiembla también por dentro el alma.
Por fin piensa que no puede esperar más sin despertar a María. Al fin y al cabo, un hombre no es capaz de prever y preparar todo lo que necesitará el Niño durante un viaje tan largo.
–«María».
Nada. Habrá que llamarla un poco más fuerte.
–«¡María!, levántate; tenemos que salir en seguida para Egipto».
María, que está todavía medio dormida, lo primero que piensa es que a José le ha sentado mal la comida de la víspera. ¡Quién sabe si ese café que trajeron los Magos, y del que José tomó dos tazas…!
–«Muy bien, José, pero ahora te vas a acostar; te voy a calentar una taza de unas hierbas que son muy buenas para eso, y, a sudar se ha dicho, bien tapadito».
José la detiene con un gesto definitivo.
–«No, María; no tengo calentura. He recibido en sueños un aviso del cielo ordenándonos que salgamos inmediatamente para Egipto, porque…
… porque Herodes busca al Niño para matarlo».
Esta última frase espabila a María completamente. Una mirada rápida, instintiva hacia la cuna. Sí, está allí, dormido.
Ahora es María la que corre de acá para allá, tomando lo más indispensable: ropas, comida para varios días de viaje, cuatro o cinco monedas que les quedaron. Había que salir de Belén de noche y sin que nadie, absolutamente nadie, se enterara. Además, la oportunísima salida desconocida de los Magos aquella misma noche de Belén, dejaba a la policía de Herodes una estupenda pista falsa. Al desaparecer de Belén, los Magos y la Sagrada Familia en la misma noche, todos pensarían sin dudar que estos últimos habrían huido en compañía de los Magos. De manera que, a las dos de la madrugada, salían de puntillas de Belén: José, con un saco al hombro, de unos treinta kilos; María, con el Niño en brazos.
Tomado del libro: "María, el Carpintero y el Niño", de P. Pedro María Iraolagoitia, S.J., Ediciones Mensajero
http://www.mensajero.com/catalogo.php?q=Iraolagoitia&x=0&y=0
Recomendamos su compra y su lectura completa, pues lo que ofrecemos en este blog son extractos del mismo.



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