
Aquella noche pasaron cosas muy extrañas. Los Magos habían plantado sus tiendas a la salida del pueblo y habían decidido echarse a dormir temprano. Pero no llevarían una hora dormidos, cuando despertaron los tres, casi simultáneamente; recogieron sus tiendas, montaron en sus dromedarios y salieron sigilosamente, por caminos poco frecuentados. De ellos nunca más se supo.
En casa de María, entretanto, quedaba aquella noche bastante vajilla por fregar. Con el banquete que dio a los Magos, María empleó toda la cerámica buena que le habían regalado las amigas el día de la boda.
José se puso a ayudar a María en el fregado, mientras los dos recordaban los acontecimientos del día.
–«¡Sssshhhh! No metas tanto ruido con los platos, que me vas a despertar al Niño».
–«Parece que el Altísimo piensa que ya nos ha probado bastante… Tal vez podríamos ir pensando en volver a Nazaret, a llevar una vida más tranquila y más libre de preocupaciones…»
–«No sé, José; no estoy muy segura de que se acaben tan pronto las complicaciones. Ya sabes lo que nos dijo Simeón…: estando con Él, nos acompañarán siempre el dolor y el sacrificio. Pero no tengas cuidado; con él podremos aguantarlo todo».
Tomado del libro: "María, el Carpintero y el Niño", de P. Pedro María Iraolagoitia, S.J., Ediciones Mensajero
http://www.mensajero.com/catalogo.php?q=Iraolagoitia&x=0&y=0
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