
El Niño hace pucheros, María les sonríe y José hace de "cicerone". Ellos hablan, preguntan y comentan; todos menos uno, el más viejo: un anciano arrugado y chaparrito al que todos han hecho calle para dejarle en primera fila, y que se pasa todo el tiempo mirando muy serio, sin decir esta boca es mía.
La Virgen le canta el primer villancico. Los ángeles... a callarse tocan mientras canta María. Luego entran a cantar los pastores, todos a la vez y cada uno a su manera, y los ángeles se tienen que marchar porque no consiguen averiguar en qué tono cantan los pastores. El pastor viejo ni canta ni habla ni nada. Serio.
A María comienza a intrigarle este hombre que parece que lleva sobre sus hombros toda la tristeza y la esperanza de Israel. Entonces María, movida de un impulso, toma al Niño del pesebre y se lo pone en los brazos del viejo pastor.
El viejo siente en sus brazos algo en que habían soñado siglos de patriarcas y de profetas. Se le anima el rostro, le corre una lágrima por entre las arrugas y abre por fin la boca para decir con voz profunda algo que hubiera dicho el mismo Isaías, pero de otra manera:
- ¡ ¡El Mesías; qué... !
Se cortó a tiempo y no terminó la frase. Se dio cuenta de que era lenguaje poco bíblico.
Sin embargo, todos los presentes sintieron el latigazo de la emoción y entendieron muy bien todo lo inmenso que quiso decir el viejo pastor con su lenguaje de cabrero. Todos le entendieron muy bien: Los pastores, los ángeles, José y María... y, sobre todos, el Niño y el Padre que están en los cielos.
Tomado del libro: "María, el Carpintero y el Niño", de P. Pedro María Iraolagoitia, S.J., Ediciones Mensajero
http://www.mensajero.com/catalogo.php?q=Iraolagoitia&x=0&y=0
Recomendamos su compra y su lectura completa, pues lo que ofrecemos en este blog son extractos del mismo.



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