
José vuelve despacio a Nazaret. En la caravana, María arruga el pañuelo entre sus dedos y se lo lleva a los ojos... Todo igual que siempre: como en todas las estaciones, como en todos los aeropuertos, como en todos los muelles.
Nuestra Señora del pañuelito blanco. Nuestra Señora del adiós. María, Tu eres Nuestra Señora del novio que marcha en busca de trabajo, Nuestra Señora de la madre que no, pude ir a la guerra, Nuestra señora de la esposa que no va al viaje ese de negocios.
María camina rápida hacia Karem, porque va a servir, a ayudar, a sacrificarse en favor de su prima Isabel. Ya no agita el pañuelito; casi ni se da cuenta, pero lo lleva todavía muy apretado entre los dedos... y muy apretado entre sus pensamientos.
Nuestra Señora del pañuelito blanco. Madre de la jovencita esa del pueblucho subdesarrollado, que se despide de su madre y de sus hermanillos y el novio, porque va a "servir'' a la ciudad grande, fascinante y lejana.
Tú, María, Madre de ella, que también se va agitando su pañuelito desde la ventanilla del autobús de línea. Ese pañuelito blanco, María, que a veces es ilusión, a veces huída, a veces derrota y a veces esperanza.
Ese pañuelito que se lleva las miradas, el amor y el llanto de los que se quedan. Ese pañuelito que es blanco casi siempre en las manos del que se va; que después, tantas veces, puede convertirse en ese trapo sucio de todos los polvos.
Pañuelitos blancos de las despedidas, que algunas manos inconscientes no saben retener hasta el regreso; pañuelitos blancos que el viento arranca de las manos inexpertas al correr impetuoso de la vida; pañuelitos arrastrados por los torrentes, desgarrados por los bosques.
María, que guardaste siempre blanco y perfumado el pañuelito con que despediste a José.
Nuestra Señora de todas las despedidas.
Nuestra Señora del novio que va a la universidad y de la novia que queda esperando; Madre de las ilusiones y de los temores, de las angustias y de las impaciencias.
Nuestra Señora de los esposos que tienen que separarse por las necesidades imperiosas de la vida.
No mires hacia atrás María; sigue de prisa, sigue firme hacia adelante, porque luego vas a ser Madre de tantas despedidas y vas a tener que comprender el vacío interior de los que se despiden.
Tomado del libro: "María, el Carpintero y el Niño", de P. Pedro María Iraolagoitia, S.J., Ediciones Mensajero
http://www.mensajero.com/catalogo.php?q=Iraolagoitia&x=0&y=0
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1 comentario:
revisar..esto
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