
Las Confesiones de San Pablo,
por el Cardenal Carlo Maria Martini.
¿En dónde estabas cuando te alcanzó
La respuesta se encuentra el texto autobiográfico de la carta a los Filipenses, en donde Pablo afirma que
Circuncidado al octavo día: no como los paganos, incircuncisos, malditos, abandonados de Dios.
De la estirpe de Israel: del pueblo elegido, luz de las naciones.
Hebreo de hebreos: las posesiones recibidas, esto es, padre, madre, abuelos, todos de esa generación gloriosa.
Fariseo en cuanto a la ley: es decir, hebreo de la estricta observancia, del rigor moral más absoluto.
En cuanto al celo, perseguidor de
Irreprensible: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado?, hubiera podido decir.
No había nada en mi que se me pudiera reprochar desde el punto de vista de la ley.
Pablo, pues, es alcanzado en una situación en la que posee tradiciones, compromiso personal, celo, justicia: un conjunto de grandes bienes que él aprecia muchísimo y que enumera con profunda conmoción. Hay que conocer a los hebreos para sentir con cuanta intensidad, aun hoy, dicen ser hebreos, confiesan su estirpe y su tradición. Es algo que entra en la carne como una segunda naturaleza, un modo de ser irrenunciable.
Pablo usa, siempre en la carta a los Filipenses, una expresión que refiere a Jesús, pero que ciertamente, bajo esa luz, adquiere un tinte autobiográfico: “Jesucristo, aun siendo de naturaleza divina, no consideró como botín su igualdad con Dios”. Así vivía Pablo su realidad : un tesoro celoso, un botín, que no podía entregar a nadie. El resultado de esta posesión era el gran cuidado por defenderlo, el gran celo para promoverlo, la gran violencia contra todos aquellos que podían atentar contra el tesoro.
Esto explica su intolerancia contra los cristianos y la necesidad de exterminarlos, porque entendía, justamente, que ellos iban precisamente contra la raíz de ese tesoro.
Entonces podemos entender también las auto acusaciones que se hará y que nos narra en la primera carta a Timoteo: “Fui un blasfemo, un perseguidor y un violento” (1 Tim. 1,13). No un blasfemo en el sentido de que se dirigía contra Dios, sino en el sentido de que, sin saberlo, -y aquí esta toda su conversión, el drama que el vive- se dirigía contra Cristo, el Hijo de Dios, en defensa de su tesoro Ahora es comprensible que describa su vida como vivida en el pecado, porque, en realidad, su actitud para con Dios era profundamente equivocada. No consideraba a Dios como Dios, autor y origen de todo bien, sino que en el centro de todo estaba su posesión, su verdad, los tesoros que se le habían confiado. Un comportamiento exteriormente irreprensible, pero que interiormente era de una posesión exasperada, hasta el punto de turbar radicalmente su relación con Dios, Padre y Creador.
Es el trastorno que vivía sin saberlo y del que surgirá su nueva comprensión del Evangelio, de la gracia, de la misericordia, de la iniciativa divina, de la actividad de Dios.
El vivía no el Evangelio de la gracia, sino la ley de la auto justificación que le hacia olvidar que era un pobre hombre, perdonado por Dios no porque fuera algo, sino porque Dios lo amaba.
He aquí de donde viene Pablo y su violencia. Una violencia ideológica, fruto del fanatismo y de la incapacidad de comprender a los demás a menos que se sometan, que no ha desaparecido en nuestros días. Todavía hoy, busca el hombre una salvación propia, una justicia y una auto justificación que le lleva a toda clase de aberraciones, pago de una posesión en la que se cree totalmente dueño, y no servidor, de la verdad.
La situación de Pablo, antes de su encuentro con Jesús en el camino de Damasco, instruye respecto de algunas de las perversiones más profundas. Las que afrontará Jesús en el Evangelio cuando dirá: “Los pecadores os precederán en el Reino de los cielos”. Quiere decir que quien comete pecados porque, por ejemplo, se emborracha o se deja vencer por la sensualidad, ciertamente comete pecado, pero siempre, de algún modo, es consciente de haber hecho mal: tiene necesidad de comprensión, de ayuda y de misericordia para vencer su debilidad, y confiesa ser frágil y débil. En cambio, Pablo no habría confesado ser frágil y débil. Y este es el pecado que Jesús ataca en los fariseos: esa perversión fundamental por la que el hombre se hace salvación de sí mismo y, creyendo haber ascendido hasta las cumbres de la perfección, resulta que cae en las más graves aberraciones de la violencia.
Estas meditaciones están recogidas en el libro “Las confesiones de San Pablo”, editadas por



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