Esta fuerza, la gracia del Espíritu Santo, no es algo que podamos merecer o conquistar; podemos sólo recibirla como puro don. El amor de Dios puede derramar su fuerza sólo cuando le permitimos cambiarnos por dentro. Debemos permitirle penetrar en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestro cansancio espiritual, de nuestro ciego conformismo con el espíritu de nuestro tiempo. Sólo entonces podemos permitirle encender nuestra imaginación y modelar nuestros deseos más profundos. Por esto es tan importante la oración: la plegaria cotidiana, la privada en la quietud de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento, y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia. Ésta es pura receptividad de la gracia de Dios, amor en acción, comunión con el Espíritu que habita en nosotros y nos lleva, por Jesús y en la Iglesia, a nuestro Padre celestial. En la potencia de su Espíritu, Jesús está siempre presente en nuestros corazones, esperando serenamente que nos dispongamos en el silencio junto a Él para sentir su voz, permanecer en su amor y recibir «la fuerza que proviene de lo alto», una fuerza que nos permite ser sal y luz para nuestro mundo.
Benedicto XVI. SYDNEY, domingo, 20 julio 20008. Homilía durante la celebración eucarística con motivo de la clausura de la Jornada Mundial de la Juventud en el hipódromo de Randwick.
[Traducción de "Radio Vaticano" © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
Benedicto XVI. SYDNEY, domingo, 20 julio 20008. Homilía durante la celebración eucarística con motivo de la clausura de la Jornada Mundial de la Juventud en el hipódromo de Randwick.
[Traducción de "Radio Vaticano" © Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]



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