
Las Confesiones de San Pablo,
por el Cardenal Carlo Maria Martini.
Pablo y el conocimiento de Jesús. Introducción.
Para comprender la riqueza de la acción divina en Pablo, para entender lo que él dijo de su experiencia, hay que añadir a los textos ya citados las tres descripciones de su conversión que escribió Mateo en los Hechos de los Apóstoles en el capitulo 9 (en tercera persona) y en los capítulos 22 y 26 (en forma autobiográfica).
La descripción del capitulo 26 es la más rica en detalles autobiográficos, la más amplia y difundida. Puede servir como punto de partida para aclarar qué preguntas hacer a Pablo, escuchar las respuestas que nos da. Es el último discurso que hace Pablo en su defensa ante el rey Agripa II, en Cesarea.
Recientemente fueron descubiertas las ruinas del palacio imperial: y fue precisamente allí, junto al mar, donde hoy las olas se rompen contra las ruinas de las construcciones romanas, en donde Pablo habló de sí: “También yo creí deber mío –tenía un gran sentido del deber- obrar enérgicamente contra el Nombre de Jesús Nazareno; y lo hice, en efecto, en Jerusalén, y encarcelé a muchos de los santos, habiendo recibido potestad de los Sumos Sacerdotes; y, cuando se les quitaba la vida, di mi voto contra ellos –el caso al que se refiere es evidentemente el de Esteban, y la aprobación que dio para su muerte, aunque no tirara piedras-, y por todas las Sinagogas iba muchas veces castigándolos, obligándolos a blasfemar, enfureciéndome sobremanera contra ellos y los perseguía hasta las ciudades extranjeras.
Ocupado en estas cosas, caminaba hacia Damasco, con la autorización y el permiso de los Sumos Sacerdotes, y al mediodía vi en el camino, oh rey, una luz venida del cielo, más brillante que la del sol, que me envolvió a mí y a los que iban conmigo” (Hechos 26, 9-13)
Hay que considerar las palabras con atención: “una luz del cielo”. Sobre esto, Pablo ha reflexionado mucho y volverá sobre lo mismo al escribirles a los Corintios “El mismo Dios que dijo ‘De las tinieblas brille la luz’, es el mismo que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones” (2 Cor. 4, 6).
El Dios de la creación que creó toda luz se le manifestó con una luz todavía más grande. Pablo equipara todas las grandes obras creadas por Dios en el Antiguo Testamento con lo que le ha sucedido a él. Una profunda iluminación, cuya fuente es la gloria del mismo Cristo, ante cuya luz toda lo demás palidece.
“Caídos en tierra todos nosotros, oí una voz que me decía en hebreo: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Duro te es cocear contra el aguijón’. Yo dije: ‘¿Quién eres tú, Señor?, y el Señor dijo: ‘Yo Soy; Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte en pie, que me he aparecido a ti para hacerte ministro y testigo tanto de lo que has visto como de lo que te haré ver. Te he elegido de en medio de tu pueblo y de los gentiles, a quienes te enviaré a abrirles los ojos para que pasen de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y reciban por la fe en mí la remisión de los pecados y la herencia entre los santos’ ” (Hechos 26, 14-18).
Reuniendo este texto con los otros, podemos hacerle a Pablo algunas preguntas:
- ¿De dónde te hizo salir el Señor hacia Damasco y en dónde estabas cuando te alcanzó
- ¿Hacia qué dirección te llevó este acontecimiento fundamental en tu vida?
- ¿Cómo sucedió este paso, es decir, tu pascua de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de Dios?
Estas meditaciones están recogidas en el libro “Las confesiones de San Pablo”, editadas por



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