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martes, 12 de agosto de 2008

Cartas de María Gracia (12)


No creas tanto en la casualidad

Hace una semana hablando del poder de la oración. Recordaba un lejano día de mi infancia en que inocente de mí pretendí que el Niño Jesús comiera unas migajas de pan. No comió y me decepcionó. Mi fe era infantil. Como la de muchas personas adultas que han crecido pero no han alimentado esa fe que aprendieron siendo niños. Se ha quedado infantil y por lo tanto incapaz de entender el mundo con sus ojos de adulto. Por eso hay tantas personas que creen, pero no viven interiormente esa creencia, o la viven como quien oye llover. La guardan en el armario simplemente como un chubasquero anticuado que sólo se usa en caso de apuro. Último recurso.

San Agustín, uno de los padres de la Iglesia, decía que Dios nos da lo que es mejor para nosotros, aunque de entrada no lo parezca. Pedid y se os dará, nos dijo Jesús. Si lo pedimos con el corazón abierto de par en par nos lo dará, pero de una forma que sólo Él conoce y que no tiene que ser exactamente como nosotros queremos. A veces necesitamos un cachete que nos permita corregir un camino emprendido en dirección equivocada.

El Señor sabe lo mejor, dice una frase popular que escuché, robada al aire, a unas gitanas en el mercado del jueves. ¡Qué aserto más exacto el de la sabiduría popular! A veces le pedimos cosas que no recibimos porque realmente no las necesitamos o a lo mejor ni siquiera nos convienen.

Hay incluso momentos dramáticos en la vida que nos hacen dudar de la fe. ¿Señor, por qué lo permites? No lo entendemos y nos rebelamos ante una desgracia. Es normal. Si hasta Jesús antes de morir gritó con desespero: ¡Señor, Señor, por qué me has abandonado! Si el Hijo de Dios lo dijo, ¡qué no diremos nosotros, simples seguidores suyos! Nos cuesta aceptar que somos incapaces de entender los secretos de la vida que sólo Dios conoce. Son momentos difíciles en los que parece que Jesús esté durmiendo la siesta. Pero no es así. El silencio de Dios es sólo aparente. Jesús siempre te habla en voz baja, en la conciencia, y a través de signos del día a día. Si confías en Él y le hablas, nunca te dejará solo. Puedes estar seguro. ¡Cómo va a dejar un padre bondadoso a un hijo suyo cuando más lo necesita! Es imposible.

¡Cuantos contratiempos (y disgustos) no son sino toques de atención que nos da en la vida!, porque el Señor habla a través de signos. La casualidad existe, pero no todo es casualidad. Muchas veces detrás de ella hay una causa más profunda. Dios te habla. Eso sí, tienes que mirar hacia el interior con los ojos del corazón.

La vida es un ejercicio continuo. Nosotros somos como los alumnos a los que el Profesor pone pruebas. Contra más aplicados, mejor lo entenderemos. ¡Estamos condenados a ser estudiantes de por vida! Sí, sí de por vida, porque éste no es un camino corto. El camino de la fe es una aventura que dura una vida, la tuya. Los réditos no son inmediatos ¡y nosotros somos tan impacientes! A la primera que viene mal dada, le damos la espalda. Y lo dejamos en el armario... A veces, incluso lo usamos como moneda de cambio o talismán.

Si no hay censura, os lo explicaré...

MARIA GRACIA

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