
El Niño Jesús no quiso comer mis migas de pan
Después de ver publicado el artículo de la semana pasada con toda la retahíla de físicos, científicos y filósofos desde la Ilustración hasta nuestros días (y elegí la Ilustración adrede para desmarcarme de la época de las tinieblas y la superchería), me queda el malsano regusto de la pedantería. No soy teóloga, eso ya lo he dicho y tampoco una maestra en filosofía, sino simplemente una persona inquieta a la que le gusta leer, entender, mirar (con los ojos y con el corazón), pero también racionalizar las cosas. Buscar el fundamento. Vamos, que no creo a pie juntillas porque sí. Por eso recurrí a la ayuda de toda esa pléyade de hombres ilustres que han contribuido con sus conocimientos a alcanzar el progreso material que hoy disfruta Occidente. Necesitaba de ellos como punto de apoyo de un imaginario salto de pértiga, porque venía de hablar del poder de la oración a María [¿os acordáis de la oración?] para continuar hablando de los efectos beneficiosos del rezo a Jesús, sobre los demás y sobre nosotros mismos ¡porque si la Madre tiene poder, qué no tendrá su Hijo!
Fue Jesús quien dijo: ‘Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá’. Las frases son claras, pero a la vez misteriosas, porque resulta evidente que no todo lo que le pedimos nos es concedido. De hecho, desde hace dos mil años los cristianos intentamos extraer a la luz el significado último de las frases. No iré más allá de lo que han dicho los sabios, sino que me limito a explicar mi experiencia y debo decir que en el camino de la vida las vivencias te van abriendo los ojos y te van confirmando las creencias que tienes arraigadas en el corazón. Por la fe sabemos que no se trata de ninguna superstición. Fe ¡cuántas veces usamos esta palabra! La fe es un don de Dios, sí, pero que no te la da del todo y a la vez para que disfrutes de ella como al que le toca el Gordo de la Navidad. No, no. La fe es una semilla que crece en el interior con una condición: que la alimentes. El alimento es la oración.
Recuerdo que de niña al volver embelesada del cine tras ver la película de ‘Marcelino pan y vino’, le dí al Niño Jesús que teníamos en casa unas migas de pan tierno para que las comiera. Le recé para ver si se repetía el ‘milagro’ que había visto en el cine, pero el milagro no se repitió. Pensé que a lo mejor era mi presencia la que estorbaba y me fui a la habitación de al lado para que el Niño pudiera probar las migas sin observadores impertinentes, pero al volver mi decepción fue mayor: ¡las migas habían caído al suelo! Era evidente que no tenía la mínima intención de probar mi ofrenda. De nada habían servido mis padrenuestros.
Pues eso les ocurre a muchas personas. Le piden a Jesús una cosa y como no les da lo que le han pedido, se decepcionan y acaban dándole la espalda. Su fe es tan infantil como era la mía cuando le dí al Niño esas migas. Se han hecho adultos, pero no han madurado interiormente su fe.
Me he quedado sin espacio y casi no he dicho nada sobre el poder de la oración a Jesús. En la próxima carta afinaré el lápiz.
MARIA GRACIA
Después de ver publicado el artículo de la semana pasada con toda la retahíla de físicos, científicos y filósofos desde la Ilustración hasta nuestros días (y elegí la Ilustración adrede para desmarcarme de la época de las tinieblas y la superchería), me queda el malsano regusto de la pedantería. No soy teóloga, eso ya lo he dicho y tampoco una maestra en filosofía, sino simplemente una persona inquieta a la que le gusta leer, entender, mirar (con los ojos y con el corazón), pero también racionalizar las cosas. Buscar el fundamento. Vamos, que no creo a pie juntillas porque sí. Por eso recurrí a la ayuda de toda esa pléyade de hombres ilustres que han contribuido con sus conocimientos a alcanzar el progreso material que hoy disfruta Occidente. Necesitaba de ellos como punto de apoyo de un imaginario salto de pértiga, porque venía de hablar del poder de la oración a María [¿os acordáis de la oración?] para continuar hablando de los efectos beneficiosos del rezo a Jesús, sobre los demás y sobre nosotros mismos ¡porque si la Madre tiene poder, qué no tendrá su Hijo!
Fue Jesús quien dijo: ‘Pedid y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá’. Las frases son claras, pero a la vez misteriosas, porque resulta evidente que no todo lo que le pedimos nos es concedido. De hecho, desde hace dos mil años los cristianos intentamos extraer a la luz el significado último de las frases. No iré más allá de lo que han dicho los sabios, sino que me limito a explicar mi experiencia y debo decir que en el camino de la vida las vivencias te van abriendo los ojos y te van confirmando las creencias que tienes arraigadas en el corazón. Por la fe sabemos que no se trata de ninguna superstición. Fe ¡cuántas veces usamos esta palabra! La fe es un don de Dios, sí, pero que no te la da del todo y a la vez para que disfrutes de ella como al que le toca el Gordo de la Navidad. No, no. La fe es una semilla que crece en el interior con una condición: que la alimentes. El alimento es la oración.
Recuerdo que de niña al volver embelesada del cine tras ver la película de ‘Marcelino pan y vino’, le dí al Niño Jesús que teníamos en casa unas migas de pan tierno para que las comiera. Le recé para ver si se repetía el ‘milagro’ que había visto en el cine, pero el milagro no se repitió. Pensé que a lo mejor era mi presencia la que estorbaba y me fui a la habitación de al lado para que el Niño pudiera probar las migas sin observadores impertinentes, pero al volver mi decepción fue mayor: ¡las migas habían caído al suelo! Era evidente que no tenía la mínima intención de probar mi ofrenda. De nada habían servido mis padrenuestros.
Pues eso les ocurre a muchas personas. Le piden a Jesús una cosa y como no les da lo que le han pedido, se decepcionan y acaban dándole la espalda. Su fe es tan infantil como era la mía cuando le dí al Niño esas migas. Se han hecho adultos, pero no han madurado interiormente su fe.
Me he quedado sin espacio y casi no he dicho nada sobre el poder de la oración a Jesús. En la próxima carta afinaré el lápiz.
MARIA GRACIA



No hay comentarios.:
Publicar un comentario