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martes, 1 de julio de 2008

Cartas de María Gracia (6)


El estar bautizado no es como tener una póliza de seguros

Sí, soy católica y tengo motivos más que justificados para serlo. Ocurre que una mayoría de conciudadanos lo son, usando la jerga judicial, por ‘oficio’. Es decir fueron bautizados, recibieron la primera Comunión, acuden a las bodas y a los entierros de sus seres queridos y, eso sí, se acuerdan de la virgen, Santa Bárbara y de todos los santos, para ver si les saca las castañas del fuego, cuando truena. Hemos guardado la religión en el guardarropa. La tenemos allí colocada, por si acaso. Es una manta que la usamos cuando llega el tiempo frío. Tarde o temprano el invierno llega a nuestras vidas, viene, se va, pero volverá. Como la naturaleza, es ley de vida, pero hasta que llegue de nuevo el invierno la volvemos a guardar envuelta en un plástico con naftalina para protegerla de la polilla. Algunos, no obstante, son tan imprudentes que se desprenden hasta del abrigo, ¡no quieren ni conservarlo! Estas son las personas ateas. ¿Veis porque no son prudentes?. La Prudencia es una de las cuatro virtudes humanas de las que ya he hablado. Los católicos de ‘oficio’ somos así de tranquilos (me incluyo porque yo no soy mejor). La realidad es que no nos la tomamos en serio. En lo profundo de nuestro ser creemos en el más allá, porque esa es una condición sustancial del ser humano, pero como sólo ‘vemos’ a través de los sentidos, perdemos de vista que lo realmente importante igual que no se puede comprar (¿alguien puede comprar el amor, la felicidad, o la salud?), tampoco se deja ver. ¡Y así vamos de ciegos por la vida!

Es como si hubiéramos suscrito una póliza de seguros de nuestra hacienda pero no nos hubiéramos preocupado ya no sólo de ponerla al día, sino de pagar la cuota exigida. ¿El día que la necesitemos qué nos dará la aseguradora? Pues con la puerta en las narices. ‘No, eso no, Jesús es bondadoso y se apiadará de nosotros’, me podrán decir, y con un poco de suerte hasta recuerden haber estudiado un lejano día de la infancia la parábola del Hijo Pródigo, aquel que dilapidó su herencia, pero luego, cuando volvió a la casa de su padre, fue acogido no sólo con benevolencia y gozo, sino que se organizó una fiesta en su honor. Es palabra de Dios y por lo tanto será así, pero no nos engañemos porque la historia tiene, como la letra pequeña de las pólizas de seguro, unas determinadas cláusulas de obligado cumplimiento. Tenemos, sí, la promesa de que si al final de nuestra vida pedimos perdón, seremos perdonados. Pero en esa promesa hay una ‘trampa’: Ese perdón tiene que ser auténtico, de corazón, no fingido. ¿Y podrá ser auténtico, de corazón y no fingido si a lo largo de la vida nunca nos hemos confiado a Él?...

¿Saben una cosa? He llegado al final de la página y me acabo de dar cuenta de que no he escrito una palabra de lo que hoy quería hablar: De por qué soy católica. Es decir, de por qué estoy convencida de que la Iglesia Católica es la auténtica depositaria de las enseñanzas de Jesús.

MARIA GRACIA

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