
¿De verdad que eres más listo que los padres de la ciencia contemporánea?
Soy muy consciente de que este artículo rompe radicalmente con el anterior, pero la ruptura es expresa. La semana pasada invitaba a la oración a María como una fórmula eficaz para sobreponerse a las fatigas del día a día, al dar un sentido espiritual a las pequeñas cosas, especialmente a las antipáticas. Se consigue que dejen de serlo [las antipáticas].
La fe es un don recibido y por lo tanto que se escapa de la propia razón.
Precisamente una de las principales características que han tenido los grandes pensadores cristianos a lo largo de la historia ha sido la de racionalizar la Fe, conscientes eso sí de que la razón tiene un límite que no puede rebasar. Ya he citado que los padres de la Iglesia asumieron la cultura griega. En realidad, rescataron del olvido la filosofía de Sócrates, Platón, pero especialmente la de Aristóteles. San Agustín en el siglo IV y ochocientos años después Santo Tomás de Aquino, son los auténticos constructores de la racionalización de la teología cristiana, teniendo como base a los filósofos griegos, por eso el cristianismo y la cultura occidental van íntimamente unidos. Pero en este artículo “esquemático” no puedo centrarme en ese remoto pasado, sino saltar en el tiempo para hablar de los grandes pensadores, matemáticos y científicos que ha tenido la Humanidad desde la Ilustración para darnos cuenta de que el común denominador de los más importantes ha sido no sólo el convencimiento en la existencia de Dios, sino la fe en Cristo.
Antes de continuar una advertencia: No quiero ser pedante. Lo que escribo simplemente lo he rebuscado en los libros, no me he fiado de mi memoria de pez. Dicho está y continúo: Isaac Newton, el fundador de la física teórica, el hombre que demostró que las leyes físicas de la tierra tienen validez en todo el universo, entendía que “la maravillosa organización y armonía del universo sólo puede haberse realizado de acuerdo con el plan de un ser todopoderoso. Este es mi conocimiento último y supremo”. Los racionalistas (la razón es la única fuente segura del conocimiento) lo tenían muy claro: Descartes, que fundó la filosofía moderna, consideraba que la existencia de Dios era tan evidente como que el que piensa es un ser pensante: “la idea de un ser perfecto no puede venir de algo imperfecto”. El heterodoxo Spinoza, decía que “Dios es la causa interna de todo lo que ocurre”. Locke, el primer pensador que habló de la división de los tres poderes, opinaba que el reconocimiento de los hombres de la existencia de Dios emana de la razón humana. Kant, el padre espiritual de la ONU, argumenta que la propia existencia de una ley moral universal es la mejor prueba de que Dios está detrás de todas las cosas. Hegel, razonaba que en la historia lo sensato es lo que sobrevive. Lo correcto, permanece. La existencia de la Iglesia milenaria confirmaría el razonamiento de Hegel. Me quedo sin espacio: los grandes músicos Bach y Haendel, compusieron sus obras inmortales en honor a Dios. Einstein, que como buen judío no era católico, decía que no se puede entender el mundo sin una voluntad primera, y acabo expresamente con Marconi, el inventor del teléfono: “Creo en el poder de la oración, y no sólo como católico creyente, sino también como científico”. Esto no ha hecho más que empezar.
¿Así que todos estos pensadores, matemáticos, físicos o inventores, auténticos fundadores de la ciencia contemporánea estaban equivocados? ¿De verdad que nosotros somos más listos que ellos?
Tras este paréntesis en forma de artículo volveré con el tema de la semana anterior: el poder de la oración.
MARIA GRACIA
Soy muy consciente de que este artículo rompe radicalmente con el anterior, pero la ruptura es expresa. La semana pasada invitaba a la oración a María como una fórmula eficaz para sobreponerse a las fatigas del día a día, al dar un sentido espiritual a las pequeñas cosas, especialmente a las antipáticas. Se consigue que dejen de serlo [las antipáticas].
La fe es un don recibido y por lo tanto que se escapa de la propia razón.
Precisamente una de las principales características que han tenido los grandes pensadores cristianos a lo largo de la historia ha sido la de racionalizar la Fe, conscientes eso sí de que la razón tiene un límite que no puede rebasar. Ya he citado que los padres de la Iglesia asumieron la cultura griega. En realidad, rescataron del olvido la filosofía de Sócrates, Platón, pero especialmente la de Aristóteles. San Agustín en el siglo IV y ochocientos años después Santo Tomás de Aquino, son los auténticos constructores de la racionalización de la teología cristiana, teniendo como base a los filósofos griegos, por eso el cristianismo y la cultura occidental van íntimamente unidos. Pero en este artículo “esquemático” no puedo centrarme en ese remoto pasado, sino saltar en el tiempo para hablar de los grandes pensadores, matemáticos y científicos que ha tenido la Humanidad desde la Ilustración para darnos cuenta de que el común denominador de los más importantes ha sido no sólo el convencimiento en la existencia de Dios, sino la fe en Cristo.
Antes de continuar una advertencia: No quiero ser pedante. Lo que escribo simplemente lo he rebuscado en los libros, no me he fiado de mi memoria de pez. Dicho está y continúo: Isaac Newton, el fundador de la física teórica, el hombre que demostró que las leyes físicas de la tierra tienen validez en todo el universo, entendía que “la maravillosa organización y armonía del universo sólo puede haberse realizado de acuerdo con el plan de un ser todopoderoso. Este es mi conocimiento último y supremo”. Los racionalistas (la razón es la única fuente segura del conocimiento) lo tenían muy claro: Descartes, que fundó la filosofía moderna, consideraba que la existencia de Dios era tan evidente como que el que piensa es un ser pensante: “la idea de un ser perfecto no puede venir de algo imperfecto”. El heterodoxo Spinoza, decía que “Dios es la causa interna de todo lo que ocurre”. Locke, el primer pensador que habló de la división de los tres poderes, opinaba que el reconocimiento de los hombres de la existencia de Dios emana de la razón humana. Kant, el padre espiritual de la ONU, argumenta que la propia existencia de una ley moral universal es la mejor prueba de que Dios está detrás de todas las cosas. Hegel, razonaba que en la historia lo sensato es lo que sobrevive. Lo correcto, permanece. La existencia de la Iglesia milenaria confirmaría el razonamiento de Hegel. Me quedo sin espacio: los grandes músicos Bach y Haendel, compusieron sus obras inmortales en honor a Dios. Einstein, que como buen judío no era católico, decía que no se puede entender el mundo sin una voluntad primera, y acabo expresamente con Marconi, el inventor del teléfono: “Creo en el poder de la oración, y no sólo como católico creyente, sino también como científico”. Esto no ha hecho más que empezar.
¿Así que todos estos pensadores, matemáticos, físicos o inventores, auténticos fundadores de la ciencia contemporánea estaban equivocados? ¿De verdad que nosotros somos más listos que ellos?
Tras este paréntesis en forma de artículo volveré con el tema de la semana anterior: el poder de la oración.
MARIA GRACIA



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